Escribo para que me escuchen, para hablar, para vivir y devorar. Escribo y dibujo, y hablo y me río porque de otra manera no podría, todavía, agregar validez a mí vida.
Siento mi corazón latir en mi interior pero más siento la rabia expandiéndose con fulgor. La razón es sencilla pero compleja; es una vocecilla que me aconseja. El motivo desconozco, pero dentro de mi cabeza sólo mis voces conocen la respuesta. No quiero sentirme así, quiero ser feliz, expresar mis sentimientos y comer perdiz. Siento ansiedad y desconcierto. Me asalta la curiosidad y no miento. A todos odio y a todos quiero. Presiento la maldad y le digo “no quiero”.